84. Automática…
Me recuerdas a mi novio, dijo Rebeca la sensual diosa traída directamente desde Mazatlán, tierra de diosas sensuales según el anunciador (algo como muy cercano al fracaso de no ser por su talento natural para describir in-situ a las bellezas del congal Sin nombre -y cuánta originalidad, el nombre del antro y su anunciador y sus diosas del peluchín rasurado-) y Rebeca, entonces, borracha, abraza a un muchacho que bien podría ser yo: delgado, despeinado, lentes, pocas palabras y las piernas cruzadas; lo abraza (me abraza, da lo mismo) por la espalda y sus manos bajan hasta la entrepierna donde todo se mezcla: la cartera, el celular, el deseo... Pero el muchacho callado, inmóvil, sólo observa las luces del techo, parece pensar en otra cosa mientras la puta (Rebeca, la diosa para muchos ahí dentro) le intenta morder las orejas y encontrar el deseo justo entre la cartera (bolsillo izquierdo) y el móvil (bolsillo derecho). El muchacho pensaba en que sería mejor pagarle a la puta, tocarla, escupirle, jalarle el cabello y hacerla confesar –ya en esas circunstancias- lo obvio: soy tu puta. Que me hable de usted, y el muchacho reformula la fantasía: soy su puta... y pf cuánta elegancia, Su puta, como entre licenciados, gente importante...
Te pareces a mi novio, dice Rebeca la sensual diosa sinaloense, tierra de mucha bala pero igual de esos labios... pero por Dios quién le ve los labios: chéquenle el culito compadres (el anunciador, de nuevo), y entonces la puta se abre la blusa y sus senos saltan como peces, buscando ser reconocidos, y me dice: ven, ya los has tocado... Y el chico (¿yo?) se inclina un poco hasta que sus labios tocan, apenas, como no queriendo, la piel negra de los pezones de la puta -un gemido, despacio: las putas lo fingen todo el tiempo, piensa-, cierra los ojos e intenta recordar... Inútil: esos senos nunca han estado en su boca.
Me recuerdas a mi novio, insiste la puta, y yo (o el muchacho delgado de lentes y suéter gris) me alejo un poco porque de pronto ha brotado el verdadero olor de Rebeca, algo así como un baño sucio, muy sucio, el olor que pega cuando se ve una taza amarillenta por el sarro, como el olor que llega cuando la orina pega en un baño público sin agua y mucha mierda dentro...
Su mirada me encuentra por el espejo: los congales los tienen por todos lados, el efecto de agrandamiento del espacio es necesario: mucha luz negra, mucha alfombra de alto tráfico y cerveza y manteles quemados y humo de cigarro y música tirada como en un bote de basura, voces y gritos y los que están sentados con el autoestima a tope y las carteras a punto de marcar la E (de empty), y las que bailan sobre la pista, ya sin la memoria de la belleza, besan rostros deformes y se contagian de alientos aburridos mezclados con aguardiente… pactan encuentros: encerrones de a cincuenta sin tocar: Puro deseo, puras ganas porque el sexo, el sexo de verdad -adentro, ahí donde la humedad y los olores-, sale caro: Cuatrocientos. Ahí mismo, un cuartito, una cama, condón de cortesía y en menos de diez minutos el hombre sale más hombre (y más pobre). Se huele los dedos. Se retaca los pulmones de la esencia de las diosas, inhala a fondo sus caderas, su trasero, sus tetas, y luego lo inevitable: la limpia. La cabeza bajo el chorro del lavamanos, jabón, la cabeza bajo el chorro de aire de la secadora automática y listo. Ritual necesario: la mujer sabe de mujerzuelas, las identifica aún debajo de la cerveza y el cigarrillo y el olor natural que emana quien pasa ocho horas al sol y finge horas extras sólo para estar más cerca del cielo –Mi cielo, ¿me invitas otra cerveza?- ahí donde los ángeles vuelan de cabeza y realmente nadie tiene nombre…
Panóptico. publicado en Arteria Cultural, del Diario Plaza Juárez, Pachuca, Hgo., el 18 de abril 2009.

1 reclamos:
bastante bueno para acallarlo con la distancia que le otorga su autor
jajajajaja bastante bueno
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