20071226

Recuerdos

24. Recuerdos


[Nota prelimar y aclaratoria:
Es necesario regresar al origen. A la fuente. Al caldo primigenio de donde se supone todo surgió. Hemos dado muchas vueltas intentando descubrir la expresión pura y no hemos dicho nada. Fracasamos en nuestra empresa.
Hemos revisado las formas discursivas clásicas y no nos dicen nada nuevo. Revisamos las nuevas y no dicen nada, ni siquiera algo viejo. Estamos más cerca de éstas que de aquellas. Estamos más próximos al discurso vacío que al golpe verbal que jamás se olvida. Quejas o sugerencias: dirigirse a palabradomesticada@hotmail.com, o http://palabradomesticada.blogspot.com. Gracias.]

Hace algunas semanas descubrí, entre los libros que se olvidan por que no es posible llegar a los últimos estantes, varias fotografías viejas. Imágenes que recuerdan viajes, personas, lugares y cosas. Ahí estaban, prensadas entre lo geomórfico y lo germinal de un tomo de enciclopedia. Fotos viejas que ya no dicen nada, pero cuya luz sepia, podrida, carcomida por el tiempo, enciende los recuerdos, los altera, los echa a andar para que encuentren camino de nuevo, solitos.

Entonces, luego de prenderse con el mar y las parejas caminando bajo el sol de Acapulco (o Cancún, o Puerto Vallarta, porque en las fotos todas las playas son iguales), los recuerdos hicieron vereda. Y allá los veo ahora recorriendo los cerros como carritos de montaña rusa. Allá los veo hacerse más grandes comiéndose a otros más pequeños o copulando con otros más hermosos.

Allá van los doscientos cincuenta y seis soles, la tinta morada de las cartas que alguien escribió, y más lejos va corriendo una persona que, desde aquí, tiene porte como que de escritor de cartas. Escritora, tal vez. Allá van los banjos y las percusiones, la música de los teatros y millones de kilómetros de celuloide.

Allá van formadas las palabras que luego de avanzar un poco pierden conexión y se vuelven letras negras y luego se alejan más hasta que sólo son puntos negros, y ya que son incapaces de decir algo, se hacen nada y se pierden en un remolino negro que ya ha tragado mucho y no queda satisfecho.

Van los recuerdos como personas caminando por las calles. Calles sin nombre que son rebautizadas con la prontitud y alevosía de quién pasa por ellas, ahora la ciudad está llena de Flores, Grabado, Do sostenido, y cosas por estilo. Galleta, Tinto, Silla, y demás aberraciones.

Los recuerdos lo invaden todo, todo. Están por todas partes, desde el más íntimo rincón de los bolsillos de mi chamarra, hasta en los puntos -unidos inconscientemente- del tirol del techo de mi habitación. Las nubes son recuerdos que toman cualquier forma, y el aire adquiere estructuras invisibles que me recuerdan las canciones que cantaba un caballo amarillo que se mecía sobre mi cuna hace más de veinte años.

Ahí están, se pasean libres por las azoteas, saltan sin prejuicios de los libros, de las sábanas y de los abrigos. Me abandonan para torturarme. Me dejan para que ya no los encuentre cuando los busque en los meandros de mi mente. Salieron para que me los topara en la calle, en las esquinas, las escaleras y los parques.

Para que intentara escribirlos y dejarlos pudrir en una hoja de un periódico que nadie leerá. Para que los fotografiara e intentara (sólo eso, sin éxito) olvidarlos entre las páginas de una enciclopedia inalcanzable.



j.AlfonsoValencia B.

publicado en el Diario Plaza Juárez, Pachuca Hgo.,

el 30 de noviembre 2007.