17. Inusual crónica de un concierto perfecto:
Porcupine Tree
¿Cómo puedo estar seguro de que estoy aquí? Las pastillas que me comí confunden mi mente… Necesito saber que alguien ha notado que no queda nada… que simplemente no estoy aquí…
Y luego una ola de imágenes, insistencia visual sobre una cápsula que todo el Teatro se tragó. Una cápsula que provocó un viaje colectivo que ni los rituales más arcanos podrán igualar en efusividad y felicidad.
Ahí estábamos, todos drogados por la música de Steven Wilson.
Él es un genio. Es de esas personas que todo lo que hacen se convierte en obra de arte. No como Manzoni, que hasta la mierda le celebraron, ni como Miles Davis, que hasta lo feo le chulearon. Steven es de esos que todo lo que tocan lo llenan de sol… así de complejo.
Y ahí estábamos todos, embelesados por ese espiral sónico, por completo atrayente, que es la música de Porcupine Tree: la más jóven institución musical de la escena progresiva. Desde hace quince años graban discos y su estilo es un abanico multicolor que resulta imposible clasificar. La música de Porcupine Tree es un género per sé.
La banda, elegante en todo momento, no falló jamás una nota, ni un músico recurrió al escape del: problemas que suceden cuando se está en vivo… Todos en el escenario demostraron que la música de sus discos no es perfecta gracias a la magia de la tecnología de edición, es impecable gracias al genio y a la perfección de sus ejecutantes.
De no ser por algunas variaciones en los solos, o algunas improvisaciones, cualquier imberbe del tema hubiera pensado que aquello se trataba de un grandioso ejercicio de coordinación, el playback perfecto. Pero PT no es una banda cualquiera… El escenario es para ellos, un espacio más de creación y experimentación.
Y ahí estaba el quinteto al mando de Steven Wilson, ofreciendo un concierto que, por muchas razones, se pone al tú por tú con la millonaria producción que mostró en marzo Roger Waters, y que, sin duda, competirá aventajado por el invaluable cetro de concierto del año.
Tal vez faltó una vuelta al pasado ácido y psicodélico. Aún así, paradójicamente, nada sobró. Desde cualquier perspectiva la banda y su creación se percibían como un engranaje perfecto, la configuración del setlist no fue arbitraria y cada canción seguía a la otra como las fotos y los cuadros en una galería: ahora estábamos en la cima de la plasticidad musical con Anesthetize, luego en la tierra, dentro de ella con Open Car y My Ashes.
Del público ni hablar, de todo como en todo. Desde los conocedores que conocen en persona a Steven y se echan una copa con él en algún bar de Londres, hasta los fanáticos que desde hace más de cuatro meses ya tenían su boleto; pasando por los que nomás se asomaron porque la marquesina sonaba interesante, y los influyentes que al final se quedaron gritando el nombre de la rola que abrió el concierto, millonarios a quienes lo mismo da estar ante una MTV mainstream star...
Los melómanos simplemente salimos extasiados. Flotando, con un misterioso halo rodeándonos la cabeza. No había nada más que agradecer al cielo, con un dejo de reproche, el haber concentrado en una sola persona, tanta, pero tanta genialidad.
El puercoespín sembró un árbol y va a ser difícil que sus hojas no sean espinas. Va a ser complicado no tragar su fruto y terminar volando a doscientos cincuenta y seis soles de altura. Se los dejo de tarea…
j.AlfonsoValencia B.
publicado en el Diario Plaza Juárez, Pachuca Hgo.,
el 12 de octubre 2007
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