El hombre es estúpido por naturaleza porque en él la perfección no es instintiva. Para lograrla es necesaria la maestría del intelecto. Pensemos en las construcciones de las arañas y abejas, su perfección nos abruma. Emularlas nos llevó miles de años de evolución. Ellas lo han hecho igual desde el principio: no creo que las telarañas prehistóricas hubiesen sido menos perfectas o más "feas". El "arte", las construcciones del hombre sí que lo eran.
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Tomar conciencia de la belleza anuló la función práctica de lo que ahora llamamos arte. Las telarañas son igual de útiles ahora como hace miles de años. Nuestra pintura no. El hombre es estúpido por naturaleza porque la perfección le es ajena y, además, porque es el único ser vivo que inutiliza sus dones. En el hombre sólo el lenguaje es perfecto... y el hecho de que no opere globalmente en toda la especie nos haría dudar. Creemos que gracias al raciocinio estamos en el pináculo de la evolución. Realmente no hacemos más que vagar, intentar y fallar, en un universo que es perfecto con o sin nuestro intelecto: comprenderlo, descirarlo, no sirve de nada.
Con la narración de una decadencia -la de "Craig Pierson, el héroe", su pueblo y leyenda- como entrada en un territorio donde la belleza del mundo se va borrando del recuerdo y el paisaje, el primer libro de Alfonso Valencia (Pachuca, 1984) afronta con arrojada imaginación y afortunado aliento lírico su presentación en materia poética; escritura que ya desde ahora depara al lector momento álgidos, intensos, conmovedores. Armado de voces que dialogan y luchan, fantasmas que aparecen y desaparecen en los poemas, el autor ha construido un primer libro sorprendente, sólido, pleno de magias vitales y verbales.
Hoy quiero escribir algo así como un cuento, una historia, más bien, y hablar de lo que me pasa y hacer como que le pasa a alguien más: a ver si así logro comprender las cosas y descubrir, aplicando alguna teoría narratológica (análisis formal del texto literario, curvas dramáticas y modelos actanciales), dónde radica el verdadero problema, o cuándo el clímax, o dónde de plano perdí la hebra de mi vida y me he venido deshilachando…:De un tiempo a esta parte has estado en un toma y daca inútil contigo mismo. Obtienes lo que quieres y al instante deja de interesarte. Miras a la gente feliz e instintivamente los jugos de tu odio empiezan a macerarse en tu interior. El fin de semana, por ejemplo. El centro comercial atascado de compradores compulsivos. No soportaste la belleza ajena. El peso de querer ser otro es demasiado, ese impulso que te nace cuando ves el amor en la mirada de otro. De otra, más bien, para otro. De repente el mundo y su gente y sus relaciones se convierten en una basura basada en el influyentismo y marcas de autos y ropa fina. No comprendes cómo es que la belleza que deseas es tan inalcanzable (y es que no comprendes que ellos tienen autos y tú a Cortázar, y de nada sirve porque tu camino es otro, el surco que labraste es el equivocado). La volteaste a ver (a cualquiera, no importa) y deseaste tenerla así como en tus sueños… y tu fantasía tomó forma ya de noche, en tu casa, y luego dijiste ¿para qué? Y volviste a tus cosas: el siglo de oro español, Haruki Murakami y la semiótica de las pasiones. Tiene mucho que no escribes. Cada nuevo intento te parece una aberración peor que la anterior. Jamás serás bueno en nada, parece. Te castigas tanto que aquello que disfrutabas (sexo y literatura, principalmente) ahora te atormenta: ha venido mutando lentamente (como una especie que quiere trepar a los árboles y tiene que esperar generaciones a que le salgan las garras adecuadas) hasta convertirse en un peso que ya te es imposible soportar. Eres el perfecto dechado de la insatisfacción crónica (y patológica). Hace una semana echaste a andar una máquina aceitada según tu concepto de perfección: pura carne. Pero no pudiste evitar la seducción de la exclusividad. Sabías que aquello no llegaría ninguna parte. Aun así ahora que lees la rotunda negativa te siente aplastado por el cielo de lo que pudiste hacer, por el peso atroz de lo postergado y de lo que no sucedió. Construyes cosas ahí donde jamás hubo terreno. Vives donde las cosas que no sucedieron. Y recuerdas y te gustaría volver. Esperas inútilmente el vibrar de tu aparato, esperas un mensaje, una luz. Pero nada pasará, lo sabes. Volverás a la rutina y pronto olvidarás lo sucedido, aprenderás que el tiempo siempre se bifurca en memoria y olvido, y que tu barca está ladeada desde el principio. Te extrañas de tu presente y no reparas en que hace mucho aceptaste tu destino. La suerte parece estar echada, más vale que te acostumbres. Ahora esperarás su mensaje, pero no llegará. Dormirás y mañana todo parecerá un sueño de mal gusto. Tal vez esto no te vuelva a pasar nunca. Pero hace años otra ella te hizo lo mismo, y aún la recuerdas… Mejor será aprender a olvidar. Sólo en este espacio que lentamente deja de estar en blanco encuentras algo parecido a la felicidad. A falta de psicología, quizá el formalismo ruso te ayude. Por eso, ahora que te sientes tan realmente mal, quieres escribir algo así como un cuento, una historia, más bien, y hablar de lo que te pasa y hacer como que le pasa a alguien más: a ver si así logras comprender las cosas y descubrir, aplicando alguna teoría narratológica (análisis formal del texto literario, curvas dramáticas y modelos actanciales), dónde radica el verdadero problema, o cuándo el clímax, o dónde de plano perdiste la hebra de tu vida y te has venido deshilachando…: De un tiempo a esta parte he estado en un toma y daca inútil conmigo mismo. Obtengo lo que quiero y al instante deja de interesarme. Miro a la gente feliz e instintivamente los jugos de mi odio empiezan a macerarse en mi interior. El fin de semana, por ejemplo. El centro comercial atascado de compradores compulsivos. No soporté la belleza ajena. El peso de querer ser otro es demasiado, ese impulso que me nace cuando veo el amor en la mirada de otro. De otra, más bien, para otro. De repente el mundo y su gente y sus relaciones se convierten en una basura basada en el influyentismo y marcas de autos y ropa fina. No comprendo cómo es que la belleza que deseo es tan inalcanzable (y es que no comprendo que ellos tienen autos y yo a Cortázar, y de nada sirve porque mi camino es otro, el surco que labré es el equivocado). La volteé a ver (a cualquiera, no importa) y deseé tenerla así como en mis sueños… y mi fantasía tomó forma ya de noche, en mi casa, y luego dije ¿para qué? Y volví a mis cosas: el siglo de oro español, Haruki Murakami y la semiótica de las pasiones. Tiene mucho que no escribo. Cada nuevo intento me parece una aberración peor que la anterior. Jamás seré bueno en nada, parece. Me castigo tanto que aquello que disfrutaba (sexo y literatura, principalmente) ahora me atormenta: ha venido mutando lentamente (como una especie que quiere trepar a los árboles y tiene que esperar generaciones a que le salgan las garras adecuadas) hasta convertirse en un peso que ya me es imposible soportar. Soy el perfecto dechado de la insatisfacción crónica (y patológica). Hace una semana eché a andar una máquina aceitada según mi concepto de perfección: pura carne. Pero no pude evitar la seducción de la exclusividad. Sabía que aquello no llegaría ninguna parte. Aun así ahora que leo la rotunda negativa me siento aplastado por el cielo de lo que pude hacer, por el peso atroz de lo postergado y de lo que no sucedió. Construyo cosas ahí donde jamás hubo terreno. Vivo donde las cosas que no sucedieron. Y recuerdo y me gustaría volver. Espero inútilmente el vibrar de mi aparato, espero un mensaje, una luz. Pero nada pasará, lo sé. Volveré a la rutina y pronto olvidaré lo sucedido, aprenderé que el tiempo siempre se bifurca en memoria y olvido, y que mi barca está ladeada desde el principio. Me extraño de mi presente y no reparo en que hace mucho acepté mi destino. La suerte parece estar echada, más vale que me acostumbre. Ahora esperaré su mensaje, pero no llegará. Dormiré y mañana todo parecerá un sueño de mal gusto. Tal vez esto no me vuelva a pasar nunca. Pero hace años otra ella me hizo lo mismo, y aún la recuerdo… Mejor será aprender a olvidar. Sólo en este espacio que lentamente deja de estar en blanco encuentro algo parecido a la felicidad. A falta de psicología, quizá el formalismo ruso me ayude. Por eso, ahora que me sientes tan realmente mal, quiero escribir algo así como un cuento, una historia, más bien, y hablar de lo que me pasa y hacer como que le pasa a alguien más: a ver si así logro comprender las cosas y descubrir, aplicando alguna teoría narratológica (análisis formal del texto literario, curvas dramáticas y modelos actanciales), dónde radica el verdadero problema, o cuándo el clímax, o dónde de plano perdí la hebra de mi vida y me he venido deshilachando…
Me recuerdas a mi novio, dijo Rebeca la sensual diosa traída directamente desde Mazatlán, tierra de diosas sensuales según el anunciador (algo como muy cercano al fracaso de no ser por su talento natural para describir in-situ a las bellezas del congal Sin nombre -y cuánta originalidad, el nombre del antro y su anunciador y sus diosas del peluchín rasurado-) y Rebeca, entonces, borracha, abraza a un muchacho que bien podría ser yo: delgado, despeinado, lentes, pocas palabras y las piernas cruzadas; lo abraza (me abraza, da lo mismo) por la espalda y sus manos bajan hasta la entrepierna donde todo se mezcla: la cartera, el celular, el deseo... Pero el muchacho callado, inmóvil, sólo observa las luces del techo, parece pensar en otra cosa mientras la puta (Rebeca, la diosa para muchos ahí dentro) le intenta morder las orejas y encontrar el deseo justo entre la cartera (bolsillo izquierdo) y el móvil (bolsillo derecho). El muchacho pensaba en que sería mejor pagarle a la puta, tocarla, escupirle, jalarle el cabello y hacerla confesar –ya en esas circunstancias- lo obvio: soy tu puta. Que me hable de usted, y el muchacho reformula la fantasía: soy su puta... y pf cuánta elegancia, Su puta, como entre licenciados, gente importante...
Te pareces a mi novio, dice Rebeca la sensual diosa sinaloense, tierra de mucha bala pero igual de esos labios... pero por Dios quién le ve los labios: chéquenle el culito compadres (el anunciador, de nuevo), y entonces la puta se abre la blusa y sus senos saltan como peces, buscando ser reconocidos, y me dice: ven, ya los has tocado... Y el chico (¿yo?) se inclina un poco hasta que sus labios tocan, apenas, como no queriendo, la piel negra de los pezones de la puta -un gemido, despacio: las putas lo fingen todo el tiempo, piensa-, cierra los ojos e intenta recordar... Inútil: esos senos nunca han estado en su boca.
Me recuerdas a mi novio, insiste la puta, y yo (o el muchacho delgado de lentes y suéter gris) me alejo un poco porque de pronto ha brotado el verdadero olor de Rebeca, algo así como un baño sucio, muy sucio, el olor que pega cuando se ve una taza amarillenta por el sarro, como el olor que llega cuando la orina pega en un baño público sin agua y mucha mierda dentro...
Su mirada me encuentra por el espejo: los congales los tienen por todos lados, el efecto de agrandamiento del espacio es necesario: mucha luz negra, mucha alfombra de alto tráfico y cerveza y manteles quemados y humo de cigarro y música tirada como en un bote de basura, voces y gritos y los que están sentados con el autoestima a tope y las carteras a punto de marcar la E (de empty), y las que bailan sobre la pista, ya sin la memoria de la belleza, besan rostros deformes y se contagian de alientos aburridos mezclados con aguardiente… pactan encuentros: encerrones de a cincuenta sin tocar: Puro deseo, puras ganas porque el sexo, el sexo de verdad -adentro, ahí donde la humedad y los olores-, sale caro: Cuatrocientos. Ahí mismo, un cuartito, una cama, condón de cortesía y en menos de diez minutos el hombre sale más hombre (y más pobre). Se huele los dedos. Se retaca los pulmones de la esencia de las diosas, inhala a fondo sus caderas, su trasero, sus tetas, y luego lo inevitable: la limpia. La cabeza bajo el chorro del lavamanos, jabón, la cabeza bajo el chorro de aire de la secadora automática y listo. Ritual necesario: la mujer sabe de mujerzuelas, las identifica aún debajo de la cerveza y el cigarrillo y el olor natural que emana quien pasa ocho horas al sol y finge horas extras sólo para estar más cerca del cielo –Mi cielo, ¿me invitas otra cerveza?- ahí donde los ángeles vuelan de cabeza y realmente nadie tiene nombre…
Panóptico. publicado en Arteria Cultural, del Diario Plaza Juárez, Pachuca, Hgo., el 18 de abril 2009.
Tal vez hoy quieras huir / alejarte del río de sonidos que fluye allá afuera / Tal vez quieras mudarte y vivir en una fotografía / Poco ruido: / un clic / el sonido de la luz quemando la emulsión / después pura memoria
La memoria de los espejos / Poesía en construcción